domingo, agosto 17, 2014

Minicuentos


Caricias

   La muchacha descansa con la cabeza apoyada sobre la mesa. Unos dedos la arrullan, se deslizan por su espalda y le ensortijan el pelo. Su cuerpo se estremece con cada roce, hasta que recuerda, con un sobresalto, que está completamente sola en la casa.



Juego de Espejos
“¿Acaso hubo búhos acá?”
Juan Filloy

   Ana la india y el negro Natán descienden por la ladera pedregosa del cañón, en dirección al río. Pueden oír el estruendo del torrente crecido, confundido con el retumbar de los truenos. Los ladridos de los perros ya no se oyen, pero ambos saben que vienen atrás.
   El negro va adelante, con su rifle entre las manos, buscando un refugio. Un relámpago ilumina una cueva. Natán vacila, pero Ana le indica que entre.
   Horas más tarde, el amanecer vetea el cielo de rojo, naranja, lila, púrpura. La lluvia ha amainado y el río desciende con menos fuerza. Ambos escuchan su rumor acallado, matizado por el graznido de los cuervos.
   Ana sale de la cueva, respira el aire, busca signos. Al regresar anuncia: "No están muy lejos. Hoy cruzamos el río, mañana el desfiladero".
   Antes de salir el sol continúan el descenso. Abajo divisan el río y, al fondo,  la ladera opuesta del estrecho cañón. Después ven un claro entre los matorrales por donde les será más fácil cruzar.
   Al llegar, Ana bebe primero. Con un sobresalto ve en la ribera opuesta a la mujer agachada bebiendo agua y, de pie tras ella, al hombre armado, apuntándoles.
   "No dispares, Natán", grita Ana, pero ya es tarde. El estallido resuena tres, cuatro veces, repercutiendo entre las rocas, cada vez más lejos, hasta perderse en la distancia.
   Más tarde, cuando llegan al lugar, los perros pierden el rastro y se quedan dando vueltas, desorientados. De tanto en tanto miran a la otra orilla y observan a otros perros que olfatean, que dan vueltas sobre sí mismos y que levantan la cabeza para observarlos a ellos.


Historia de los dos hermanos

   Una guerra civil estalla en el país. Dos hermanos, un granjero sureño y un obrero del norte, a quienes la vida separó desde muy pequeños, se encuentran en el campo de batalla.
   Durante un instante se miran tratando de escudriñar las debilidades del otro. Los ojos de uno le traen al otro un recuerdo que no puede precisar. El otro cree atisbar un rostro familiar en la barba de su contrincante.
   A su alrededor, la batalla es fiera y la sangre anega la pradera. Ambos saben que no deben titubear. El sureño clava su bayoneta en el pecho del otro, que a su vez alcanza a disparar.
   Antes de morir, a los dos les llega el recuerdo de la misma foto donde aparece el grave y barbado rostro de su padre.


Gajes del oficio
"¿Es del todo inocente la soga que rompe, con tajante restallido,
 el cuello de los condenados?"
Isar Hasim Otazo


   Algo en la naturaleza dúctil y alargada profiere una especie de voluntad maligna. Por eso los espaguetis se ensañan unos con otros en el plato y las cuerdas se enmarañan solas en sus rincones, como si quisieran estrangularse en sus propios nudos.
   Más complejo es el caso de los cables. Su cubierta aislante los hace poderosos y cada vez que diferentes tipos deben compartir el mismo espacio se arma una silenciosa y tenaz batalla: el cable de electricidad, cuando siente la cercanía de un cable de red, lo ataca sin piedad, mientras que su contrincante trata de defenderse con la misma táctica ofidia de enredarse alrededor de su enemigo hasta sofocarlo.
   Este conflicto, como todos, cobra víctimas inocentes: los cables del teclado y el ratón. Por ser más delgados, tratan de no tomar parte en la contienda, pero no lo pueden evitar y terminan embobinados alrededor de todos.
   El resultado, por supuesto, es un embrollo atroz que los técnicos encuentran cada vez que deben meterse bajo una mesa para arreglar una computadora. Se los oye maldecir entre dientes, porque los cables no toleran que los desenreden y resisten con todas sus fuerzas.



Los ácaros y sus clanes guerreros
 
   Los ácaros son artrópodos infinitesimales, parientes lejanos de las arañas. De las miles de especies conocidas, varias son parásitas del ser humano.
   Hay ácaros que se alimentan de la harina de nuestras despensas; otros viven en nuestras sábanas, colchones y almohadas, acechando escamas de piel, pelo, caspa.
   El microscopio electrónico permite observar sus movimientos: los descubre casi siempre en grupos, semejando divisiones blindadas que  avanzan en formación por paisajes sinuosos y áridos, como desiertos diminutos,  en busca de objetivos enemigos.
   Suelen atrincherarse en zanjas que excavan en nuestra dermis, en grupos de tres o cuatro, dejando ver sólo sus ínfimas antenas mientras montan guardia. Cuando arrecian las incursiones hostiles, construyen túneles de hasta tres niveles, como hacen los grupos guerrilleros cuando se enfrentan a fuerzas superiores.
   Hay dos especies en permanente guerra territorial: los ácaros negros y los rojos. Sus cruentas batallas a veces nos producen un leve escozor.


El sueño del cabalista

   Toda la tarde, y hasta altas horas de la noche, estuvo el exégeta escrutando las sagradas escrituras en busca de un Sod, de un misterio oculto entre las letras, un secreto capaz de otorgarle infinita sabiduría.
   Bajo la escasa luz de la vela leía pasajes particularmente oscuros, saltándose las letras: siete hacia la derecha, doce hacia arriba, cinco hacia atrás, cambiando la dirección de la lectura según pautas prefijadas. Después anotaba las letras resultantes y buscaba en la frase un mensaje. El laborioso proceso, sin embargo, aún no le había dado resultado.
   Se acostó muy cansado. Las letras daban vueltas en su cabeza. Palabras sin sentido se formaban en su mente y al instante se esfumaban, para dar lugar a otras. Así se durmió, y el sueño fue una continuación de la vigilia. Nuevamente se vio contando y permutando, sólo que en el sueño alguien lo guiaba: "doce hacia abajo, tres a la derecha..."
   Se despertó de un salto y buscó papel, pluma y tinta. Una a una fue anotando las letras que producían el esquema que recibió en el sueño. Al amanecer ya había descifrado el mensaje:
   "D-e-s-i-s-t-e".



La frontera

    Ella trabajaba en ese lugar por extrema necesidad. Desde que llegó a la gran ciudad no había conseguido empleo y tenía una bebé que alimentar. El llegó ahí por excesiva soledad. En las calles sólo encontró seres tan perdidos como él y le daba igual que sus pasos lo llevaran ahí o a cualquier otro lugar.
   Ella lo vio entrar y con sólo verlo, se dio cuenta. Le atrajo su juventud, su mirada asustada. Pensó: "si lo hubiera encontrado en la calle, lo habría elegido."
   El la vió y algo en su mirada le dijo que esa noche la pasaría con ella. La llamó a la mesa, le preguntó su nombre, le ofreció una cerveza. Subieron al segundo piso agarrados de la mano.  Entraron al cuarto, se desnudaron y se acostaron en la cama.
   Ella, feliz, ronroneó y lo abrazó tan fuerte que le arrancó un suspiro:
   —¡Qué cariñosa eres!
   —¿Y para qué estamos acá, sino para robarle a esta ciudad desalmada un poquito de cariño?
   El se sumergió en la suavidad de su piel. Pensó: "Si la hubiera encontrado en cualquier otro lugar, la habría elegido".



Fábula del cuervo y el hombre

   —Quisiera ya no pensar en ella —musitó el hombre mientras cruzaba un parque.
   En ese momento, un cuervo pasó volando muy cerca de su cabeza, casi rozándolo.
   —¡Epa, amigo! —exclamó el hombre, pero después comprendió:— Gracias, pájaro. Te llevaste mis pensamientos.


Lapsus calami

   
El cuento era sobre una historia de amor basada en hechos reales; por tanto, el narrador tuvo a bien cambiar los nombres de los personajes, para proteger a los inocentes.
   Pero, por un calamitoso error, se olvidó de ocultar la identidad de uno de los protagonistas, un tal Isar Hasim Otazo.
   Todo se descubrió, y el cuento se complicó. Pronto nadie estaba seguro si era el personaje de una ficción o el protagonista de un drama romántico, y se armó tal confusión que el desenlace en la vida real fue mucho peor que el del cuento.
   El giro irónico fue incluso más cruel para el propio narrador, porque Hasim Otazo se enamoró perdidamente de su prometida y terminó robándosela.


Amor, con atenuantes

   Sólo tras la muerte de la muchacha, estrangulada a manos de un guardia nazi que no resistió su belleza, nos enteramos en el pabellón de prisioneras de que ese muchacho enclenque y rapado que venía todas las noches, se metía en su catre y le hacía el amor como si no hubiera mañana, era su hermano.


Justo arbitrio


   Llegan a la final del campeonato los dos equipos locales. El estadio está lleno a reventar.
   En un partido muy disputado, con varias opciones de gol, pasan los noventa minutos reglamentarios sin que ningún equipo logre abrir el marcador. Pero en el primer minuto del descuento el árbitro sanciona un penal.
  Los seguidores de ambos equipos elevan sus plegarias al cielo para pedir un milagro, pero quiere el azar que el número de piadosos entre el público a favor de cada equipo sea exactamente igual. Dios, que a todos  escucha, debe decidir si el delantero que cobra el penal acierta o falla.
   —Que sea lo que Yo quiera—, se dice, antes de lanzar la moneda.



Minidrama
 
   —Definitivamente estás loca— le dije.
   —Loca por ti, sí— dijo ella, apuntándome con el arma, más bella que nunca. —Si no vas a ser mio, no vas a ser de nadie.
   —Mátame— le dije, comprendiendo la inevitabilidad del desenlace. —Soy digno de morir a manos de una mujer como tú.




Desencanto
   
   Mi amor por la princesa germinó una clara tarde de abril, cuando su risa melodiosa quedó enmarcada para siempre en el aura dorado de sus cabellos.
   Durante meses la cortejé. Le dejaba rosas fucsia — su color favorito — en los resquicios de los muros y en las aldabas de las puertas, para que ella las encontrara en su camino. Le escribía  sonetos con ingeniosos conceptos y floridas metáforas. Le seguía los pasos a lo lejos, sabiendo que ella sabía que la seguía.
   Hoy, por fin, la princesa ha condescendido a hablarme. Me citó en el bosque de sauces, a la caída de la tarde.
   La vi llegar, arrobado por una extraña sensasión de irrealidad. Finalmente la tuve frente a mí, su aliento mezclado al mío. La besé, profundamente, en sus labios rojos, y ahí nomás se convirtió en un horrendo sapo lleno de verrugas.




Anagrama


   Ella era palíndroma y no importaba que la llamaran al derecho o al revés: ella venía. Esta dualidad, inevitablemente, se reflejaba también en su vida amorosa. Siempre tuvo dos amantes a la vez, para poder ir y venir entre ellos, como quien recorre ida y vuelta su propio nombre.




Ojos de perro


   Es de noche. La luna llena está escondida tras las nubes y el viento trae de lejos los aullidos de los perros.
   Mi perro permanece en silencio. Se levanta de su lugar frente al fuego y mira fijamente hacia un rincón oculto tras las sombras, con la cola entre las patas, las orejas gachas y la pelambre erizada.
   Yo no quiero ni pensar qué está mirando.




La prueba


    Hace un tiempo conocí a una mujer llamada Priscila, en una discoteca frente al mar. Un hombre la estaba acosando y yo defendí su honor.
   Bailamos merengue y bailamos son. Sentí su cuerpo ceñido al mío, sus senos rozando mi pecho, su pubis pegado a mi pierna.
   La besé contra un muro, en una calle sin farol. Frente a su puerta me dio las llaves y pidió que abriera. Pero yo, torpe de mí, no logré abrir el candado de su reja.
   Me despidió con un beso en la mejilla y nunca más la volví a ver.




Persecución


   Abres la puerta y entras intempestivamente al cuarto, justo a tiempo para ver la silueta enmarcada en la puerta verde que se cierra al otro extremo. Atraviesas el cuarto con tres zancadas, no sea que se te escape el fugitivo. Cierras la otra puerta a tus espaldas y entras, justo a tiempo para ver la silueta enmarcada en la puerta verde  de que se cierra al otro extremo.




El escéptico


   Cansado de sopesar continuamente las irrefutables y antitéticas certezas de sus maestros, el estudiante llegó a la conclusión de que la sabiduría humana no contaba con las herramientas necesarias para llegar a la verdad.
   Empero, llevando a extremos su escepticismo, llegó a dudar de su propia duda. Ahora prefiere no tener certezas, ni siquiera la certeza de que no hay certezas.




Tras la huella


   Por la noche, en mis sueños, camino tanto, recorro tantos senderos pedregosos, tantos paisajes desolados y derroteros moldeados por el viento, que a media noche despierto consumido por una sed tremenda. Me levanto débil, la boca pastosa, me envuelvo en la túnica y salgo del refugio en busca de algún pozo olvidado por la arena. Camino a ciegas, fustigado por un viento inclemente y quejumbroso, que va borrando mis huellas. Con ojos entrecerrados adivino los alrededores, reconozco las siluetas que forman las dunas inconstantes, los furtivos rastros que persigo mientras duermo. Es entonces que recuerdo el titánico castigo que me depararon los dioses, poco antes de despertar consumido por una sed tremenda.




Breve historia del fuego


   El primer fuego hecho por el hombre llevó el elemento del mundo del portento a la vida cotidiana. Antes había sido mágico, divino, fenómeno natural. En manos del hombre fue el germen de la tecnología. Tan laboriosa fue su primera ignición, que no se dejó extinguir: pasó de hojas secas a leña, de leña a hoguera, de hoguera a pabilo, de pabilo a horno, de horno a hoguera, de hoguera a leña, de leña a hojas secas. Ese fue el ciclo corto del fuego. El ciclo largo se inició en la misma hoguera, luego pasó a la lámpara de aceite, a la antorcha, a la lámpara de gas. Fue así que el mismo fuego que consumió Roma eventualmente redujo a cenizas Chicago.




Los amantes secretos


   No son fantasmas. Cualquiera puede darse cuenta. Tampoco parecen brujos; los brujos gritan horriblemente. Estos, en cambio, navegan en parejas atravesando la límpida atmósfera matutina sin producir el menor sonido, formando figuras hermosas, al danzar, con sus cuerpos bidimensionales: luminosos reflejos que desaparecen cuando se colocan de perfil.
   ¡Parecen tan jóvenes! Diría que son amantes secretos, prófugos de algún planeta ignoto, que encontraron en estos parajes un lugar predilecto para sus galanteos.
   Anoche se percataron de que he sido espectador de sus romances. Los vi reunirse en consejo para debatir mi suerte.
   Ahora sé que del poco tiempo que me queda no volveré a disfrutar de un solo minuto de sosiego. No existe un lugar, por inexpugnable que sea, en el que ellos no puedan penetrar. La más pequeña fisura es para ellos una puerta.
   Cuando me alcancen me arrancarán los ojos. Mi lengua no les interesa: confían en la incredulidad de la gente.
(Mención especial del Primer concurso nacional de minicuentos, Revista Ekuóeo)




La mesa dijo ¡Ay!


   Un músico que experimentaba con los sonidos, exasperado por una acalorada discusión sobre las posibilidades de musicalizar los sonidos errantes del cosmos, dio un fuerte golpe sobre la mesa, enfático.
   La vibración produjo un cosquilleo que subió por su brazo dejando un rastro fugaz, como la brasa veloz de un cigarrillo en la oscuridad. Luego avanzó hacia el hombro y trepó por el cuello, danzando frenéticamente, penetrando casi por casualidad en el aparato auditivo. Al contrario de lo que se espera en estos casos, el sonido esquivó el tímpano y descendió por la Trompa de Eustaquio, delineando un cerrado tirabuzón invertido, para desembocar alegremente en la laringe, donde finalmente quedó atrapado en las cuerdas vocales.
   El músico, quien había observado asombrado el fenómeno, abrió la boca y emitió una larga queja, que los demás interpretaron como un simple grito de dolor.




El Lunar


   Ahí estaba, como siempre, refutando la perfección de su rostro. Desde el fondo del espejo, fruncido el ceño, la mujer arrojó contra su imagen un pote de crema. Los vecinos, alarmados por el ruido, forzaron más tarde su entrada, pero sólo hallaron el espejo hecho añicos sobre las baldosas y unas pocas gotas de sangre. “Estaba descalza”, dedujo el más observador. Pero tampoco él advirtió, agazapado en un fragmento filoso, el reflejo repugnante del lunar.




La capa roja de Caperucita muerta


   El terrible combate ha terminado y el lobo yace al borde del camino. El leñador, un tanto aturdido, le pide un vaso de agua a la pobre abuelita, quien todavía no se ha repuesto del susto. Los animales del bosque rodean el cadáver despedazado del lobo, esperando ansiosos el rescate de la niña.
   El leñador, con el mismo hacha con que desnucó al lobo, procede a hacer una profunda incisión en la henchida panza e introduce la mano en las calientes entrañas, pero luego de mucho revolver sólo consigue extraer la capa ensangrentada de Caperucita.
   Decepcionados, los animales del bosque dan media vuelta y se marchan. A la vuelta del camino, apenas audible entre el murmullo apesadumbrado, uno de ellos dice que al fin y al cabo la vida no es puro cuento.




Damián IV


   Damián cierra los ojos. Percibe la luz, a través de los párpados de silicona: una esfera difusa y amarilla a la izquierda, arriba, donde está el bombillo del laboratorio; un resplandor claro a la derecha, la luz matutina a través de la ventana.
   Ahora mueve la cabeza de un lado a otro, concentrando su atención en las variables sombras y colores que recorren sus retinas. Cree distinguir también contornos y sombras, que  acaso corresponden a los objetos circundantes, como el borde de la mesa y la silueta sinuosa de los instrumentos.
   "Es prodigioso encontrarme aquí, dentro de esta cabeza", piensa. 
   Una especie de sexto sentido lo obliga a abrir los ojos. Alcanza a ver al profesor desconectando el instrumental, poco antes de perder el conocimiento.




Cinco por dos, uno


   Comenzaron a jugar cartas y cosas de esas, no todos los días pero sí de vez en cuando, hasta que se cansaron de los juegos tradicionales y decidieron imitarse, duplicarse mutuamente de tal manera que al final resultaron todos morenos con bigotitos y de ojos verdes y ellas rubias, delgadas y lánguidas, cada uno el reflejo exacto del otro, y como eran cinco matrimonios, y, además, por haber llegado a extremos peligrosos como intercambiar casas, mujeres, documentos y todo lo que podría identificarlos, pronto nadie supo quién era quién ni quién se acostaba con quién, así que ahora mantienen siempre juntos, jugando constantemente por si algún día vuelven a ser lo que eran, cinco matrimonios y no uno.
(Publicado en la Antología del cuento corto colombiano, Tercera Edición. Guillermo Bustamante Zamudio y Harold Kremer)



Los antípodas


   Por fin, el estreno de Los Antípodas. El teatro lleno a reventar. Lentamente, se abre el telón escarlata. Al principio, silencio, tal vez sorpresa; luego un murmullo de comentarios que paulatinamente aumenta de volumen hasta convertirse en una sonora protesta: no hay pantalla, sino un espejo. Un exasperado espectador comienza la lluvia de botellas que finalmente destroza el vidrio, pero la imagen persiste. El público, del otro lado, comprende y calla; el de este lado también.
(Publicado en Segunda antología del cuento corto colombiano. Guillermo Bustamante Zamudio y Harold Kremer)



Noticias de Netcity 


    No sólo el barrio era una red urbana sino que los vecinos formaban una red humana. Sus casas eran espaciosas y abarcaban cuadras, pero una maraña de fibras ópticas mantenía a todos en contacto constante a través de boletines y correo electrónico. Hablaban y se visitaban más que los vecinos de cualquier barrio y todos admitían que era la comunidad más amigable que habían conocido.
   Al año de su fundación surgió el primer gobierno virtual, electo por medio de elecciones en línea. Más adelante se conformaron el parlamento electrónico y sus comisiones cibernéticas, bases de un poder trasmitido en datagramas.
   A los tres años ya nadie salía de su casa. Cada hogar era un edificio independiente que no requería servicios municipales y todas las compras, diversiones y negocios se hacían a través de la red. Incluso sus amores y sus escándalos eran virtuales.
   Lo último que se supo de ellos fue hace veinte años, cuando el gobierno central desconectó a la comunidad de la red central, en represalia por su intentona de golpe de estado.




El envés del espejo


   La mujer se detuvo un instante ante el espejo para acomodarse el sombrero. Luego giró en dirección a la puerta, pero al dar el primer paso se detuvo, aterrorizada: su pié se había deshecho en el aire. Con cautela extendió la mano fuera del marco, sólo para constatar que ésta también desaparecía, desde la muñeca hasta las uñas nacaradas. De un salto pretendió escapar, pero al verse sin cuerpo perdió la orientación y se desmoronó en el piso. Sólo entonces comprendió que se encontraba al otro lado del espejo.




Regla de tres simple


   Ejercicio 1
   X estaba cursando su segundo semestre de medicina cuando su novia, Y, lo abandonó para irse con Z, un escritor 5 años mayor que ellos. En su afán por recuperar a Y, X comenzó a frecuentar a Z y se hizo su amigo. Pasaban las tardes en el Café de los Turcos, hablando de literatura. Un año más tarde X anunció a su familia que abandonaría sus estudios de medicina para hacerse escritor. 


   Ejercicio 2
   B, un ateo hijo y nieto de ateos, se enamoró de A, la esposa de un pastor protestante, C, quien además era su mejor amigo. A medida que crecía su pasión, más intenso se hacía su sentimiento de culpa. Un día, estacionando de reversa en el garaje de su casa, atropelló a su hijo de 5 años. Entendió que Dios lo había castigado y abrazó la fe.


   Ejercicio 3
   G era una virtuosa mujer de sociedad, casada con F, un congresista con fama de puritano. Un día los diarios publicaron una escandalosa historia sobre los amores ilícitos de F con J, una costurera que vivía en uno de los barrios más pobres de la ciudad. En venganza, G se retrató desnuda, excepto un delantal y cofia de sirvienta, para una revista pornográfica.

1 comentario:

Henry Ficher dijo...

Los comentarios son bienvenidos :-)