lunes, noviembre 16, 2015

200 ejemplares en Cali, Colombia



   En el libro Historias plausibles, Henry Ficher explora el relato mínimo, obligando al lector a leer y releer historias cargadas de humor, textos que interrogan sobre lo absurdo de la condición humana.
   Con un gran dominio de la brevedad Historias plausibles vincula al lector en la construcción de relatos donde lo fantástico, lo realista y la cosmogonía conforman un universo que el autor ha explorado con imaginación y talento.
   Henry Ficher, codirector de Ekuóreo, revista de minicuentos, ha sido un gran impulsor de este género en el que, a través de lo mínimo, se expresa la inmensa complejidad de hombres y mujeres condenados a vivir en este círculo del infierno.
Harold Kremer



domingo, agosto 17, 2014

Minicuentos


Premonición

   La despertó el canto de los pájaros, temprano en la mañana.
   Inició su rutina matinal y cuando se alistaba a preparar el desayuno, el graznido de una urraca  rimó con el nombre de su hijo, que había salido al frente dos semanas atrás.
   “¡Juan!”, pensó la mujer.
   Tocan a la puerta.


Caricias

   La muchacha descansa con la cabeza apoyada sobre la mesa. Unos dedos la arrullan, se deslizan por su espalda y le ensortijan el pelo. Su cuerpo se estremece con cada roce, hasta que recuerda, con un sobresalto, que está completamente sola en la casa.



Juego de Espejos
“¿Acaso hubo búhos acá?”
Juan Filloy

   Ana la india y el negro Natán descienden por la ladera pedregosa del cañón, en dirección al río. Pueden oír el estruendo del torrente crecido, confundido con el retumbar de los truenos. Los ladridos de los perros ya no se oyen, pero ambos saben que vienen atrás.
   El negro va adelante, con su rifle entre las manos, buscando un refugio. Un relámpago ilumina una cueva. Natán vacila, pero Ana le indica que entre.
   Horas más tarde, el amanecer vetea el cielo de rojo, naranja, lila, púrpura. La lluvia ha amainado y el río desciende con menos fuerza. Ambos escuchan su rumor acallado, matizado por el graznido de los cuervos.
   Ana sale de la cueva, respira el aire, busca signos. Al regresar anuncia: "No están muy lejos. Hoy cruzamos el río, mañana el desfiladero".
   Antes de salir el sol continúan el descenso. Abajo divisan el río y, al fondo,  la ladera opuesta del estrecho cañón. Después ven un claro entre los matorrales por donde les será más fácil cruzar.
   Al llegar, Ana bebe primero. Con un sobresalto ve en la ribera opuesta a la mujer agachada bebiendo agua y, de pie tras ella, al hombre armado, apuntándoles.
   "No dispares, Natán", grita Ana, pero ya es tarde. El estallido resuena tres, cuatro veces, repercutiendo entre las rocas, cada vez más lejos, hasta perderse en la distancia.
   Más tarde, cuando llegan al lugar, los perros pierden el rastro y se quedan dando vueltas, desorientados. De tanto en tanto miran a la otra orilla y observan a otros perros que olfatean, que dan vueltas sobre sí mismos y que levantan la cabeza para observarlos a ellos.


Historia de los dos hermanos

   Una guerra civil estalla en el país. Dos hermanos, un granjero sureño y un obrero del norte, a quienes la vida separó desde muy pequeños, se encuentran en el campo de batalla.
   Durante un instante se miran tratando de escudriñar las debilidades del otro. Los ojos de uno le traen al otro un recuerdo que no puede precisar. El otro cree atisbar un rostro familiar en la barba de su contrincante.
   A su alrededor, la batalla es fiera y la sangre anega la pradera. Ambos saben que no deben titubear. El sureño clava su bayoneta en el pecho del otro, que a su vez alcanza a disparar.
   Antes de morir, a los dos les llega el recuerdo de la misma foto donde aparece el grave y barbado rostro de su padre.


Gajes del oficio
"¿Es del todo inocente la soga que rompe, con tajante restallido,
 el cuello de los condenados?"
Isar Hasim Otazo


   Algo en la naturaleza dúctil y alargada profiere una especie de voluntad maligna. Por eso los espaguetis se ensañan unos con otros en el plato y las cuerdas se enmarañan solas en sus rincones, como si quisieran estrangularse en sus propios nudos.
   Más complejo es el caso de los cables. Su cubierta aislante los hace poderosos y cada vez que diferentes tipos deben compartir el mismo espacio se arma una silenciosa y tenaz batalla: el cable de electricidad, cuando siente la cercanía de un cable de red, lo ataca sin piedad, mientras que su contrincante trata de defenderse con la misma táctica ofidia de enredarse alrededor de su enemigo hasta sofocarlo.
   Este conflicto, como todos, cobra víctimas inocentes: los cables del teclado y el ratón. Por ser más delgados, tratan de no tomar parte en la contienda, pero no lo pueden evitar y terminan embobinados alrededor de todos.
   El resultado, por supuesto, es un embrollo atroz que los técnicos encuentran cada vez que deben meterse bajo una mesa para arreglar una computadora. Se los oye maldecir entre dientes, porque los cables no toleran que los desenreden y resisten con todas sus fuerzas.



Los ácaros y sus clanes guerreros
 
   Los ácaros son artrópodos infinitesimales, parientes lejanos de las arañas. De las miles de especies conocidas, varias son parásitas del ser humano.
   Hay ácaros que se alimentan de la harina de nuestras despensas; otros viven en nuestras sábanas, colchones y almohadas, acechando escamas de piel, pelo, caspa.
   El microscopio electrónico permite observar sus movimientos: los descubre casi siempre en grupos, semejando divisiones blindadas que  avanzan en formación por paisajes sinuosos y áridos, como desiertos diminutos,  en busca de objetivos enemigos.
   Suelen atrincherarse en zanjas que excavan en nuestra dermis, en grupos de tres o cuatro, dejando ver sólo sus ínfimas antenas mientras montan guardia. Cuando arrecian las incursiones hostiles, construyen túneles de hasta tres niveles, como hacen los grupos guerrilleros cuando se enfrentan a fuerzas superiores.
   Hay dos especies en permanente guerra territorial: los ácaros negros y los rojos. Sus cruentas batallas a veces nos producen un leve escozor.


El sueño del cabalista

   Toda la tarde, y hasta altas horas de la noche, estuvo el exégeta escrutando las sagradas escrituras en busca de un Sod, de un misterio oculto entre las letras, un secreto capaz de otorgarle infinita sabiduría.
   Bajo la escasa luz de la vela leía pasajes particularmente oscuros, saltándose las letras: siete hacia la derecha, doce hacia arriba, cinco hacia atrás, cambiando la dirección de la lectura según pautas prefijadas. Después anotaba las letras resultantes y buscaba en la frase un mensaje. El laborioso proceso, sin embargo, aún no le había dado resultado.
   Se acostó muy cansado. Las letras daban vueltas en su cabeza. Palabras sin sentido se formaban en su mente y al instante se esfumaban, para dar lugar a otras. Así se durmió, y el sueño fue una continuación de la vigilia. Nuevamente se vio contando y permutando, sólo que en el sueño alguien lo guiaba: "doce hacia abajo, tres a la derecha..."
   Se despertó de un salto y buscó papel, pluma y tinta. Una a una fue anotando las letras que producían el esquema que recibió en el sueño. Al amanecer ya había descifrado el mensaje:
   "D-e-s-i-s-t-e".



La frontera

    Ella trabajaba en ese lugar por extrema necesidad. Desde que llegó a la gran ciudad no había conseguido empleo y tenía una bebé que alimentar. El llegó ahí por excesiva soledad. En las calles sólo encontró seres tan perdidos como él y le daba igual que sus pasos lo llevaran ahí o a cualquier otro lugar.
   Ella lo vio entrar y con sólo verlo, se dio cuenta. Le atrajo su juventud, su mirada asustada. Pensó: "si lo hubiera encontrado en la calle, lo habría elegido."
   El la vió y algo en su mirada le dijo que esa noche la pasaría con ella. La llamó a la mesa, le preguntó su nombre, le ofreció una cerveza. Subieron al segundo piso agarrados de la mano.  Entraron al cuarto, se desnudaron y se acostaron en la cama.
   Ella, feliz, ronroneó y lo abrazó tan fuerte que le arrancó un suspiro:
   —¡Qué cariñosa eres!
   —¿Y para qué estamos acá, sino para robarle a esta ciudad desalmada un poquito de cariño?
   El se sumergió en la suavidad de su piel. Pensó: "Si la hubiera encontrado en cualquier otro lugar, la habría elegido".



Fábula del cuervo y el hombre

   —Quisiera ya no pensar en ella —musitó el hombre mientras cruzaba un parque.
   En ese momento, un cuervo pasó volando muy cerca de su cabeza, casi rozándolo.
   —¡Epa, amigo! —exclamó el hombre, pero después comprendió:— Gracias, pájaro. Te llevaste mis pensamientos.


Lapsus calami

   
El cuento era sobre una historia de amor basada en hechos reales; por tanto, el narrador tuvo a bien cambiar los nombres de los personajes, para proteger a los inocentes.
   Pero, por un calamitoso error, se olvidó de ocultar la identidad de uno de los protagonistas, un tal Isar Hasim Otazo.
   Todo se descubrió, y el cuento se complicó. Pronto nadie estaba seguro si era el personaje de una ficción o el protagonista de un drama romántico, y se armó tal confusión que el desenlace en la vida real fue mucho peor que el del cuento.
   El giro irónico fue incluso más cruel para el propio narrador, porque Hasim Otazo se enamoró perdidamente de su prometida y terminó robándosela.


Amor, con atenuantes

   Sólo tras la muerte de la muchacha, estrangulada a manos de un guardia nazi que no resistió su belleza, nos enteramos en el pabellón de prisioneras de que ese muchacho enclenque y rapado que venía todas las noches, se metía en su catre y le hacía el amor como si no hubiera mañana, era su hermano.


Justo arbitrio


   Llegan a la final del campeonato los dos equipos locales. El estadio está lleno a reventar.
   En un partido muy disputado, con varias opciones de gol, pasan los noventa minutos reglamentarios sin que ningún equipo logre abrir el marcador. Pero en el primer minuto del descuento el árbitro sanciona un penal.
  Los seguidores de ambos equipos elevan sus plegarias al cielo para pedir un milagro, pero quiere el azar que el número de piadosos entre el público a favor de cada equipo sea exactamente igual. Dios, que a todos  escucha, debe decidir si el delantero que cobra el penal acierta o falla.
   —Que sea lo que Yo quiera—, se dice, antes de lanzar la moneda.



Minidrama
 
   —Definitivamente estás loca— le dije.
   —Loca por ti, sí— dijo ella, apuntándome con el arma, más bella que nunca. —Si no vas a ser mio, no vas a ser de nadie.
   —Mátame— le dije, comprendiendo la inevitabilidad del desenlace. —Soy digno de morir a manos de una mujer como tú.




Desencanto
   
   Mi amor por la princesa germinó una clara tarde de abril, cuando su risa melodiosa quedó enmarcada para siempre en el aura dorado de sus cabellos.
   Durante meses la cortejé. Le dejaba rosas fucsia — su color favorito — en los resquicios de los muros y en las aldabas de las puertas, para que ella las encontrara en su camino. Le escribía  sonetos con ingeniosos conceptos y floridas metáforas. Le seguía los pasos a lo lejos, sabiendo que ella sabía que la seguía.
   Hoy, por fin, la princesa ha condescendido a hablarme. Me citó en el bosque de sauces, a la caída de la tarde.
   La vi llegar, arrobado por una extraña sensasión de irrealidad. Finalmente la tuve frente a mí, su aliento mezclado al mío. La besé, profundamente, en sus labios rojos, y ahí nomás se convirtió en un horrendo sapo lleno de verrugas.




Anagrama


   Ella era palíndroma y no importaba que la llamaran al derecho o al revés: ella venía. Esta dualidad, inevitablemente, se reflejaba también en su vida amorosa. Siempre tuvo dos amantes a la vez, para poder ir y venir entre ellos, como quien recorre ida y vuelta su propio nombre.




Ojos de perro


   Es de noche. La luna llena está escondida tras las nubes y el viento trae de lejos los aullidos de los perros.
   Mi perro permanece en silencio. Se levanta de su lugar frente al fuego y mira fijamente hacia un rincón oculto tras las sombras, con la cola entre las patas, las orejas gachas y la pelambre erizada.
   Yo no quiero ni pensar qué está mirando.




La prueba


    Hace un tiempo conocí a una mujer llamada Priscila, en una discoteca frente al mar. Un hombre la estaba acosando y yo defendí su honor.
   Bailamos merengue y bailamos son. Sentí su cuerpo ceñido al mío, sus senos rozando mi pecho, su pubis pegado a mi pierna.
   La besé contra un muro, en una calle sin farol. Frente a su puerta me dio las llaves y pidió que abriera. Pero yo, torpe de mí, no logré abrir el candado de su reja.
   Me despidió con un beso en la mejilla y nunca más la volví a ver.




Persecución


   Abres la puerta y entras intempestivamente al cuarto, justo a tiempo para ver la silueta enmarcada en la puerta verde que se cierra al otro extremo. Atraviesas el cuarto con tres zancadas, no sea que se te escape el fugitivo. Cierras la otra puerta a tus espaldas y entras, justo a tiempo para ver la silueta enmarcada en la puerta verde  de que se cierra al otro extremo.




El escéptico


   Cansado de sopesar continuamente las irrefutables y antitéticas certezas de sus maestros, el estudiante llegó a la conclusión de que la sabiduría humana no contaba con las herramientas necesarias para llegar a la verdad.
   Empero, llevando a extremos su escepticismo, llegó a dudar de su propia duda. Ahora prefiere no tener certezas, ni siquiera la certeza de que no hay certezas.




Tras la huella


   Por la noche, en mis sueños, camino tanto, recorro tantos senderos pedregosos, tantos paisajes desolados y derroteros moldeados por el viento, que a media noche despierto consumido por una sed tremenda. Me levanto débil, la boca pastosa, me envuelvo en la túnica y salgo del refugio en busca de algún pozo olvidado por la arena. Camino a ciegas, fustigado por un viento inclemente y quejumbroso, que va borrando mis huellas. Con ojos entrecerrados adivino los alrededores, reconozco las siluetas que forman las dunas inconstantes, los furtivos rastros que persigo mientras duermo. Es entonces que recuerdo el titánico castigo que me depararon los dioses, poco antes de despertar consumido por una sed tremenda.




Breve historia del fuego


   El primer fuego hecho por el hombre llevó el elemento del mundo del portento a la vida cotidiana. Antes había sido mágico, divino, fenómeno natural. En manos del hombre fue el germen de la tecnología. Tan laboriosa fue su primera ignición, que no se dejó extinguir: pasó de hojas secas a leña, de leña a hoguera, de hoguera a pabilo, de pabilo a horno, de horno a hoguera, de hoguera a leña, de leña a hojas secas. Ese fue el ciclo corto del fuego. El ciclo largo se inició en la misma hoguera, luego pasó a la lámpara de aceite, a la antorcha, a la lámpara de gas. Fue así que el mismo fuego que consumió Roma eventualmente redujo a cenizas Chicago.




Los amantes secretos


   No son fantasmas. Cualquiera puede darse cuenta. Tampoco parecen brujos; los brujos gritan horriblemente. Estos, en cambio, navegan en parejas atravesando la límpida atmósfera matutina sin producir el menor sonido, formando figuras hermosas, al danzar, con sus cuerpos bidimensionales: luminosos reflejos que desaparecen cuando se colocan de perfil.
   ¡Parecen tan jóvenes! Diría que son amantes secretos, prófugos de algún planeta ignoto, que encontraron en estos parajes un lugar predilecto para sus galanteos.
   Anoche se percataron de que he sido espectador de sus romances. Los vi reunirse en consejo para debatir mi suerte.
   Ahora sé que del poco tiempo que me queda no volveré a disfrutar de un solo minuto de sosiego. No existe un lugar, por inexpugnable que sea, en el que ellos no puedan penetrar. La más pequeña fisura es para ellos una puerta.
   Cuando me alcancen me arrancarán los ojos. Mi lengua no les interesa: confían en la incredulidad de la gente.
(Mención especial del Primer concurso nacional de minicuentos, Revista Ekuóeo)




La mesa dijo ¡Ay!


   Un músico que experimentaba con los sonidos, exasperado por una acalorada discusión sobre las posibilidades de musicalizar los sonidos errantes del cosmos, dio un fuerte golpe sobre la mesa, enfático.
   La vibración produjo un cosquilleo que subió por su brazo dejando un rastro fugaz, como la brasa veloz de un cigarrillo en la oscuridad. Luego avanzó hacia el hombro y trepó por el cuello, danzando frenéticamente, penetrando casi por casualidad en el aparato auditivo. Al contrario de lo que se espera en estos casos, el sonido esquivó el tímpano y descendió por la Trompa de Eustaquio, delineando un cerrado tirabuzón invertido, para desembocar alegremente en la laringe, donde finalmente quedó atrapado en las cuerdas vocales.
   El músico, quien había observado asombrado el fenómeno, abrió la boca y emitió una larga queja, que los demás interpretaron como un simple grito de dolor.




El Lunar


   Ahí estaba, como siempre, refutando la perfección de su rostro. Desde el fondo del espejo, fruncido el ceño, la mujer arrojó contra su imagen un pote de crema. Los vecinos, alarmados por el ruido, forzaron más tarde su entrada, pero sólo hallaron el espejo hecho añicos sobre las baldosas y unas pocas gotas de sangre. “Estaba descalza”, dedujo el más observador. Pero tampoco él advirtió, agazapado en un fragmento filoso, el reflejo repugnante del lunar.




La capa roja de Caperucita muerta


   El terrible combate ha terminado y el lobo yace al borde del camino. El leñador, un tanto aturdido, le pide un vaso de agua a la pobre abuelita, quien todavía no se ha repuesto del susto. Los animales del bosque rodean el cadáver despedazado del lobo, esperando ansiosos el rescate de la niña.
   El leñador, con el mismo hacha con que desnucó al lobo, procede a hacer una profunda incisión en la henchida panza e introduce la mano en las calientes entrañas, pero luego de mucho revolver sólo consigue extraer la capa ensangrentada de Caperucita.
   Decepcionados, los animales del bosque dan media vuelta y se marchan. A la vuelta del camino, apenas audible entre el murmullo apesadumbrado, uno de ellos dice que al fin y al cabo la vida no es puro cuento.




Damián IV


   Damián cierra los ojos. Percibe la luz, a través de los párpados de silicona: una esfera difusa y amarilla a la izquierda, arriba, donde está el bombillo del laboratorio; un resplandor claro a la derecha, la luz matutina a través de la ventana.
   Ahora mueve la cabeza de un lado a otro, concentrando su atención en las variables sombras y colores que recorren sus retinas. Cree distinguir también contornos y sombras, que  acaso corresponden a los objetos circundantes, como el borde de la mesa y la silueta sinuosa de los instrumentos.
   "Es prodigioso encontrarme aquí, dentro de esta cabeza", piensa. 
   Una especie de sexto sentido lo obliga a abrir los ojos. Alcanza a ver al profesor desconectando el instrumental, poco antes de perder el conocimiento.




Cinco por dos, uno


   Comenzaron a jugar cartas y cosas de esas, no todos los días pero sí de vez en cuando, hasta que se cansaron de los juegos tradicionales y decidieron imitarse, duplicarse mutuamente de tal manera que al final resultaron todos morenos con bigotitos y de ojos verdes y ellas rubias, delgadas y lánguidas, cada uno el reflejo exacto del otro, y como eran cinco matrimonios, y, además, por haber llegado a extremos peligrosos como intercambiar casas, mujeres, documentos y todo lo que podría identificarlos, pronto nadie supo quién era quién ni quién se acostaba con quién, así que ahora mantienen siempre juntos, jugando constantemente por si algún día vuelven a ser lo que eran, cinco matrimonios y no uno.
(Publicado en la Antología del cuento corto colombiano, Tercera Edición. Guillermo Bustamante Zamudio y Harold Kremer)



Los antípodas


   Por fin, el estreno de Los Antípodas. El teatro lleno a reventar. Lentamente, se abre el telón escarlata. Al principio, silencio, tal vez sorpresa; luego un murmullo de comentarios que paulatinamente aumenta de volumen hasta convertirse en una sonora protesta: no hay pantalla, sino un espejo. Un exasperado espectador comienza la lluvia de botellas que finalmente destroza el vidrio, pero la imagen persiste. El público, del otro lado, comprende y calla; el de este lado también.
(Publicado en Segunda antología del cuento corto colombiano. Guillermo Bustamante Zamudio y Harold Kremer)



Noticias de Netcity 


    No sólo el barrio era una red urbana sino que los vecinos formaban una red humana. Sus casas eran espaciosas y abarcaban cuadras, pero una maraña de fibras ópticas mantenía a todos en contacto constante a través de boletines y correo electrónico. Hablaban y se visitaban más que los vecinos de cualquier barrio y todos admitían que era la comunidad más amigable que habían conocido.
   Al año de su fundación surgió el primer gobierno virtual, electo por medio de elecciones en línea. Más adelante se conformaron el parlamento electrónico y sus comisiones cibernéticas, bases de un poder trasmitido en datagramas.
   A los tres años ya nadie salía de su casa. Cada hogar era un edificio independiente que no requería servicios municipales y todas las compras, diversiones y negocios se hacían a través de la red. Incluso sus amores y sus escándalos eran virtuales.
   Lo último que se supo de ellos fue hace veinte años, cuando el gobierno central desconectó a la comunidad de la red central, en represalia por su intentona de golpe de estado.




El envés del espejo


   La mujer se detuvo un instante ante el espejo para acomodarse el sombrero. Luego giró en dirección a la puerta, pero al dar el primer paso se detuvo, aterrorizada: su pié se había deshecho en el aire. Con cautela extendió la mano fuera del marco, sólo para constatar que ésta también desaparecía, desde la muñeca hasta las uñas nacaradas. De un salto pretendió escapar, pero al verse sin cuerpo perdió la orientación y se desmoronó en el piso. Sólo entonces comprendió que se encontraba al otro lado del espejo.




Regla de tres simple


   Ejercicio 1
   X estaba cursando su segundo semestre de medicina cuando su novia, Y, lo abandonó para irse con Z, un escritor 5 años mayor que ellos. En su afán por recuperar a Y, X comenzó a frecuentar a Z y se hizo su amigo. Pasaban las tardes en el Café de los Turcos, hablando de literatura. Un año más tarde X anunció a su familia que abandonaría sus estudios de medicina para hacerse escritor. 


   Ejercicio 2
   B, un ateo hijo y nieto de ateos, se enamoró de A, la esposa de un pastor protestante, C, quien además era su mejor amigo. A medida que crecía su pasión, más intenso se hacía su sentimiento de culpa. Un día, estacionando de reversa en el garaje de su casa, atropelló a su hijo de 5 años. Entendió que Dios lo había castigado y abrazó la fe.


   Ejercicio 3
   G era una virtuosa mujer de sociedad, casada con F, un congresista con fama de puritano. Un día los diarios publicaron una escandalosa historia sobre los amores ilícitos de F con J, una costurera que vivía en uno de los barrios más pobres de la ciudad. En venganza, G se retrató desnuda, excepto un delantal y cofia de sirvienta, para una revista pornográfica.

viernes, septiembre 13, 2013

Historias Plausibles


Eco perdido

   La enorme bestia cayó al suelo, abatida por la sed. Había cruzado medio continente en busca de agua y carne. Cuatro días atrás devoró a su hermano, luego de encarnizada batalla. Ahora es el último de su estirpe.
   Con esfuerzo elevó la mirada hacia el inclemente cielo. Con su último aliento lanzó un bramido agonizante, cuyo eco nunca más fue escuchado sobre la faz de la tierra.



Las pirámides de Antártica
 
   Han sido vistas en fotos de exploradores, inconspicuas, como tela de fondo. Algunas parecen hechas de cristal, brillando a lo lejos a causa del hielo que las cubre. Otras dejan entrever su inconfundible silueta en profundos valles, hundidos bajo mares de nieve. Hacia el norte (porque sólo se puede ir hacia el norte en la Antártida), una descomunal pirámide negra, geométricamente exacta, parece estar adosada a un ramal de los Montes Transantárticos, sus oscuras faldas moteadas de blanco.
  Algún día podrá saberse la historia de la avanzada raza humana responsable por tales construcciones, en una era en que el continente antártico gozaba de buen clima. Se descubrirán las crónicas de sus orígenes, de su evolución y ascenso, hasta convertirse en una de las más sabias civilizaciones de la tierra. Un catastrófico cambio climático habría sido la causa de su eventual caída y su completo olvido.



Lamec

   Este texto es una adaptación tomada del rollo de Lamec, uno de los siete rollos originales del Mar Muerto, descubiertos en la Cueva 1 cerca de Qumram. El rollo fue escrito en un elegante arameo y contiene una versión apócrifa de Génesis 6, con datos que aparentemente fueron excluídos de posteriores ediciones del libro. La historia narra la angustiosa incertidumbre de Lamec y la maravillosa infancia de su hijo, Noé:

   Lamec, padre de Noé, hijo de Metusalén, a causa de la falta de mujeres se casó con su propia hermana, Bat Enosh. Cuando nació Noé, Lamec sospechó que el niño no era hijo suyo, puesto que al nacer se levantó de los brazos de la partera y conversó con el Señor de la Justicia. Su cuerpo era blanco como la nieve y rojo como un pimpollo de rosa. Su cabello era albo como la lana y su mirada fulgía como el sol.
   Más bien, el niño parecía ser hijo de uno de  los Elohim, los ángeles caídos o Nefilim, tambien llamados con piadoso respeto "los Vigilantes". Esto seres celestiales fungían más que nada como mensajeros y gozaban de una bien merecida reputación de ser grandes amantes de las hijas de los hombres. Lamec, haciendo gala de su astucia, enfrentó a Bat Enosh y le pidió explicaciones. Ella respondió con sumo rigor, recordándole los pormenores de la concepción del muchacho.
   Lamec, sin embargo, no quedó convencido. Angustiado por la incertidumbre, le pidió a su padre Metusalén, el más longevo de los hombres, que interceda con su abuelo, el profeta Enoc, quien a la edad de 365 había sido arrebatado para ocupar un lugar entre los ángeles.

  El rollo de Lamec, desafortunadamente, no incluye los pormenores de la conversación entre Matusalén y Enoc. Sin embargo, conocemos las consecuencias de estos patriarcales conflictos domésticos: Yahvé se arrepintió de haber permitido la existencia de híbridos como los Refaim, y de los gigantes Og, Gog y Magog, anakim de gran renombre, frutos todos del pecaminoso amor de los hijos de Elohim por las hijas de los hombres. Para destruirlos, Yahvé envió el Diluvio Universal. Noé, último descendiente de esa generación condenada, fue llamado a repoblar la tierra con una nueva generación de hombres sin sangre celestial en sus venas.




Arbóreo

   Los árboles nada debían a una divinidad que había resuelto que la sangre es vida, no la savia. Cuando Yahvé ordenó a Noé que contruyera el arca y decretó el fin de toda la carne, la arbórea sabiduría ya tenía previsto qué hacer en caso de omisión. Días antes del diluvio, las semillas de toda la vegetación terrestre se depositaron en un tronco hueco, de proporciones bíblicas, en cuyo cálido interior sobrevivieron la catástrofe. Al bajar las aguas, salió del tronco una semilla aerófila, de una especie parecida a la amapola, pero se quedó volando en el viento y no retornó. Tiempo después, del tronco surgió otra semilla, pero el suelo todavía estaba empantanado y no germinó. Finalmente, el tronco encalló en un promontorio y muchas semillas se esparcieron y echaron raíces. Fue ahí donde creció, siglos después, el árbol sagrado del Bodhi, bajo el cual Sidarta Gautama despertó de sus meditaciones como el iluminado, el Buda.


No hay hombres en esta tierra

   Las hijas de Lot no encontraron hombres con quien casarse. Los sodomitas, incluso los que no habían sido en vida unos degenerados, ya no eran sino vapor en la conflagración divina. Los demás seres humanos, al parecer, también eran inalcanzables, no menos que los ángeles de Yahvé, de fulminante mirada.
   Por tanto, las hijas de Lot decidieron emborrachar a su padre, hombre justo entre justos, y acostarse con él. La árida madre, con el horror eternizado en su mirada,  ya nada podría decir.


Sansón

   El héroe Sansón, como Hércules y como Noé, fue hijo de los dioses. La historia transcurre en la zona de Beit Shemesh (el Templo del Sol). Su madre, aunque era esteril, recibió las atenciones de un ángel del Señor, quien ordenó que el niño a nacer habría de abstenerse del fruto de la vid y de toda bebida embriagadora, y que no se le cortase el cabello, y que se alejare de animales inmundos y de cadáveres, "porque él será nazoreo de Elohim desde el día de su nacimiento hasta el momento de su muerte". Al tiempo nace Sansón, cuyo nombre verdadero es Shimshon, de la raíz hebrea Shamash, el dios solar cananeo. Como los rayos del sol, la fuerza de Sansón radica en sus cabellos. Fue la noche, Dalila (del arameo Delaila, la noche), la que segó su fuerza al tonsurar al nazoreo, quien, ya derrotado, pidió y recibió de su padre milagrosas fuerzas para destruir el templo de Dagón en Gaza y detener la incursión filistea en la tierra de Israel.


El profeta

   Ezequiel quedó sólo en el desierto, envuelto en el torbellino de polvo que dejó la aparición. Luego, con paso lento, se encaminó a su casa. Al llegar su mujer le hizo mil preguntas. El anciano la conocía desde su juventud, así que sabía que sería inutil explicar. Pero lo intentó de todos modos.
   —Dijo que venía del porvenir.
   —¿Del más allá? —, preguntó ella.
   —Del tiempo sin tiempo, de la eternidad, de todos los tiempos. Su gloria vino del norte, envuelta en una nube, fulgurante, como el bronce bruñido. En su interior venían seres como el hijo del hombre, cuatro seres que se movían como uno solo y hablaban con una sola voz. Me dio de comer un rollo que me supo a miel y me llenó la cabeza de imágenes. La voz dijo que debía escribir todo lo que había visto.
   —¿Y qué viste? —, preguntó la mujer.
   —El fin viene, sobre los cuatro extremos de la tierra. Pero ellos enviarán un salvador.


Nueva Quíos
   
   Estamos en el año 2756 después de Homero. Muchos siglos después de que los templos fueran destruidos, y luego reconstruidos. Por suerte, o por desgracia, los inmortales dioses siguen entre nosotros, tomando forma humana para asistirnos, o permaneciendo invisibles para destruirnos. Pero ya hace tiempo sabemos que son, como nosotros, hologramas.
   Somos modernos, es cierto, pero aún bebemos dulce vino y navegamos el extenso mar, y  los fantasmas siguen con su vieja costumbre de entrar en nuestros cuartos por el ojo de la cerradura. Hemos avanzado, sí:  nuestras bibliotecas son ahora los edificios más altos.
   Los más leen novelas policiales y dramas sicológicos. Sólo los jóvenes y los literatos disfrutan todavía de la mitología hebrea. 


El dragón terrestre

   En un bazar de la antigua China, un hombre menudo y de piel curtida ofrecía a gritos el más grande descubrimiento del mundo: la prueba incontrovertible de la existencia del Dilong, el dragón terrestre. Los curiosos que pagaron para entrar a su tienda pudieron ver el cráneo fosilizado de un descomunal carnotaurus. Desde entonces nadie negó en China la fuerza de los mitos.


El árbol de la vida

   El mandamiento de nuestro dios es irrefutable: carne con su sangre, no comeréis. La derramaréis en la tierra, porque la sangre es vida.
   Durante miles de siglos hemos cumplido la ley, derramando la sangre de los sacrificios en un campo.
   Pero en años recientes ocurrió algo que no previeron los profetas. En medio del campo de sangre creció un árbol de tronco blanco, ramas como serpientes, hojas rosadas y frutos carnívoros, que devora toda infortunada criatura que se acerca demasiado.
   Nuestros teólogos aseguran que todo proviene del dios, que su sabiduría es infinita y sus designios inescrutables, y que el árbol es una manifestación de su grandeza.
   Pero ya son muchos los sacerdotes que se niegan a seguir alimentando al monstruo.




Quetzalcoatl, la serpiente emplumada


   La leyenda del dragón mesoamericano —Quetzalcoatl entre los aztecas, Kukulcán para los mayas —, puede referirse a un ser divino, que junto a su hermano gemelo Tezcatlipoca representaban la dualidad del planeta Venus como estrella de la mañana y estrella de la tarde; a un legendario rey tolteca: Ce Acatl Topiltzin Quetzalcóatl, el último rey de Tula; o a un personaje mesiánico, dios y ser humano a la vez, como el mesías cristiano, que llegó del cielo en una serpiente emplumada y enseñó a los hombres las ciencias y las leyes, antes de retornar al cielo con la promesa de volver.
   La leyenda lo describe como un hombre alto, blanco, de larga barba roja y entrecana y ojos azules. A juzgar por la iconografía azteca, en la que a menudo se lo representa como un hombre navegando el cielo en una "serpiente voladora",  el "dragón" no era otra cosa que el vehículo de este semi-dios, una nave con plumaje, acaso un navío de colorido velamen o un aparato volador.
   Los cronistas españoles fueron los que difundieron la noticia del fatal error de los pueblos mesoamericanos, quienes sellaron su destino al confundir a los conquistadres con las huestes del gran Quetzalcoatl, quien finalmente cumplía su promesa de volver.



Los Fenicios, descubridores de América

     
    Un tercio de la expedición fenicia a cargo del faraón Necao alrededor del África, a fines del siglo VII AC, se perdió en una tormenta y sus barcos fueron arrastrados por la corriente Benguera en dirección al Shajar, el sol de la mañana, que renace en los confines del mundo, allá donde Yam desciende al Sheol.
   Gracias a sus plegarias y sacrificios a Yam (el mar), de la progenie de El, los navegantes lograron desviar su curso y al cabo de incontables semanas llegaron a tierras desconocidas.
   Ahí encontraron extensas selvas, más grandes que el Gran Desierto, habitadas por hombres exóticos, fumadores de tabaco y mascadores de coca.
   Varios decenios habría durado el comercio entre fenicios y los que después fueron llamados americanos. Esto explicaría los rastros de coca y tabaco encontrados en algunas momias egipcias. Es posible que el contacto con los barbudos fenicios haya sido la fuente de los mitos de Viracocha y Quetzalcoatl, de la influencia piramidal en la arquitectura precolombina, de sus conocimientos de astronomía y de los sacrificios humanos, acaso una derivación del culto a Shalim, el sangriento sol de la tarde.
   Tal vez el recuerdo de este comercio entre fenicios, aztecas e Incas se perdió cuando Julio Cesar quemó, en el fragor de la batalla, la Gran Biblioteca de Alejandría.


Acéldama

   La Legio X Fretensis marchó todo el día y llegando la tarde se aproximaba al cuartel en el valle de Hinón.
   Los rebeldes, dispersos entre los sicómoros, maldijeron en silencio el estandarte del jabalí, pero los dejaron pasar hasta que el último soldado desfiló bajo la higuera señalada. Simón Kefa y sus sicarios cerraron el paso, mientras que los zelotas, al mando de Juan y Jacobo, los Hijos del Trueno, empujaban por el flanco. Cercados entre el monte y el precipicio, los romanos no pudieron maniobrar.
   “¡Muerte a los cerdos!”, arengaba Jesús Barrabás. “¡Muerte a los diablos! ¡Echen esos espíritus malignos por el precipicio!”


José y María

   José vio por fin las costas de la Galia Aquitana y ofreció una oración de gracias al Señor. A su lado, María, pálida y serena, sonrió por primera vez desde que zarparon del puerto de Jopa.
   “No todo está perdido, hija”, dijo José. “Gracias a Dios hemos llegado a puerto seguro. El linaje de David está a salvo en tu vientre y algún día volverá a reinar en Jerusalén”.


Estrella de la Tarde

   El recipiente de obsidiana fulguraba bajo el sol del mediodía. Saulo y Tito vertieron agua en la cuenca, luego agregaron aceite de oliva y esperaron a que se aquietara la superficie. Cuando la imagen del sol se reflejó nítida contra el fondo oscuro, los dos místicos concentraron su mirada en el  espejo  y esperaron el éxtasis.
   “Con rostro desvelado vemos en el espejo el resplandor de la gloria del Señor”, dijo Saulo al cabo de una hora, descifrando los signos en la imagen de Venus y los puntos solares. “Hace casi 30 años, en el día primero de la Pascua, vi a la estrella de la tarde descender al Hades para resucitar luego de tres días a la diestra del Todopoderoso, según pronosticaron los magos persas y confirman las escrituras. Los magos buscaron la estrella del Mesías al fin de la Era del Carnero y el comienzo de la Era de los Peces. No en vano fue sacrificado el carnero de Dios, sino para liberar su espíritu entre los pescadores de almas”.
   “De cierto han dicho nuestros decanos, o Saulo, que así como es arriba, también es abajo”, respondió Tito.



Tomás, el gemelo

        Tomás, según el evangelio de Juan, fue el único apóstol, fuera de Judas, que no estuvo presente la primera vez que apareció ante sus discípulos el cristo resucitado.
   El nombre del apóstol es de singular etimología. "Tomás" es la transcripción griega de “Te'uma”, que en el arameo siríaco de los contemporáneos de Jesús quiere decir "gemelo". Juan el evangelista lo llama "Tomás (llamado Didymus)", lo cual aumenta el misterio porque Didymus en griego también quiere decir gemelo.
   Obviamente "Tomás" no era un nombre propio en esa época, sino un sobrenombre, pasando por un proceso idéntico al del nombre "Pedro", que es la traducción griega de “Kefa” en arameo, que quiere decir "piedra".
   ¿Cuál era entonces el nombre verdadero del apóstol? La respuesta habría quedado en el misterio de no ser por el descubrimiento de los escritos gnósticos de Nag Hamadi, en Egipto, entre los cuales se encontró el evangelio según Tomás, donde el apóstol es llamado Didymus Judas Tomás.
   Sólo se menciona a otro Judas en el Nuevo Testamento, fuera del difamado Judas Iscariote: Mateo y Marcos nombran a un Judas entre los hermanos de Jesús (“¿No es este el hijo del carpintero? ¿Su madre no es la que llaman María? ¿Y no son hermanos suyos Santiago, José, Simón y Judas?”, Mateo 13:55-56). Este posiblemente sea el mismo “hermano de Santiago” considerado como el autor de la Epístola de Judas.
   Si Tomás en realidad era Judas, y si es verdadera la tradición siríaca que afirma que éste era el hermano gemelo de Jesús, también se podría explicar la ausencia de Tomás durante la primera aparición del Jesús resucitado en la escena que describe Juan: es plausible que fuera Tomás quien se apareció ante los discípulos, convenciéndolos así del milagro de la resurrección.



Herejía

   Uno de los documentos de Nestorius, quemados como consecuencia del Concilio de Efeso en el año 431, habría registrado una antigua tradición persa según la cual los libros perdidos de Zaratustra fueron preservados por Ezra en su Torá. Decía además que el culto de Yahvé que impuso Ezra en la satrapía de Abar-Nahara (Allende el río) y centrado en Jerusalén, fue una adaptación cananea del culto de Ahuramazda.
   De ser así, la etimología de la palabra hebreo, Ibrí, no derivaría de los apiru mencionados en estelas egipcias, sino de Abarí, los residentes de Abar-Nahara durante el dominio persa.



El Monte de Dios

   El monte Sinaí no está en Yebel Musa, según la tardía tradición cristiana, ni el sur del desierto del Néguev, como piensan algunos arqueólogos de inclinaciones bibliófilas, ni en Arabia según otros no menos creyentes, sino en el Golán: el Monte Hermón.
   Es el monte más alto de toda la región, el único digno de la Majestad de Dios. Jesús al parecer conocía el secreto lugar y por eso eligió al monte Hermón para la Transfiguración, según tradiciones cristianas.



Las piedras de Carnac

   Cuenta la leyenda que las extensas formaciones de hileras de megalitos en Bretaña, conocidas como los Alineamientos de Carnac, no son otra cosa que los restos de varias divisiones romanas que fueron convertidas en piedra por el gran mago Merlín.
   La realidad podría ser más fantástica. Carnac, además de Nazca y la Gran Muralla China, fue ideado y construido para ser visto desde el espacio. ¿Qué ser celestial servían estos abnegados trogloditas bretones?



El vikingo

   La india había estado toda la tarde tomando parte de los rituales, danzando en torno de las hogueras, hasta que la venció el cansancio y se tendió a dormir sobre su lecho de paja. No le fue difícil ahuyentar a los coyotes y a los hombres ebrios que codiciaban su cuerpo: todos temían su magia. Entre las vaharadas de color esmeralda de su sueño vio otra hoguera rodeada de hombres extraños, rojos y gigantescos, peludos como el oso pardo, con cornamentas como los bisontes, que celebraban el retorno de una victoriosa campaña militar. Sobre una larga mesa de roble yacían montones de presas de venados asados. Un hombre, de mayor cornamenta, participaba del banquete. Sus estruendosas carcajadas parecían ocultar una pesada carga de temores y furia. Súbitamente, como un sacerdote en trance, se levantó tumbando la mesa. La música cesó. El vikingo, de pie en medio del festín arrasado, la mirada azul y perdida, se pasó el antebrazo por la barba engrasada y pronunció una palabra, sólo una, que ninguno de los presentes logró comprender.
   La india despertó sobresaltada: era su nombre, el nombre que tiempo más tarde oiría incontables noches susurrado en sus oídos, durante los homenajes al guerrero que descubrió América.


De cómo los indios vinieron a ser llamados indios y no chinos

   —¿Qué hombres son éstos, Almirante?
   —Indios de las Indias. ¿No ves que tienen piel de aceituna, como los describiera Marco Polo?
   —Sí, pero Marco Polo también dice que los indios de las Indias tienen ojos almendrados, y éstos tienen los ojos rasgados, tal como Marco Polo describe a los catayos.
   —¿Qué fablas, Roderico? ¿Que hemos llegado a Catai y no a las Indias? ¡Eso es imposible!
   —Indios de las Indias serán, señor Almirante.


La consolación del arte


   El presidiario está sentado en el frio piso de su celda, la espalda contra la pared. A su lado, un montón de libros de caballería.
   —Género vano y fantasioso —dice para sí. De nobles comienzos bretones, se ha convertido en una burla de sí mismo. Pero estos libros serán mi única distracción. Sólo con ellos podré ser libre.
   Con su mano hábil, el hombre acerca papel, pluma y tintero a la lumbre y comienza a escribir.



Rastros de los Hijos de Dios

   Ibrahim levantó una piedra a la orilla del wadi. La observó con curiosidad unos instantes y luego la lanzó contra una roca, perdiéndola para siempre en el inmenso desierto. Allí quedó, abierta en dos, con una punta de flecha incrustada en el centro. Nunca nadie supo que estaba compuesta de una aleación de metales desconocidos.


 Perdidos en el Espacio

   En algún lugar del espacio, navega a la deriva una nave espacial con esqueletos por únicos ocupantes. Son los restos de la última expedición de la élite de un planeta ignoto, de su fracasado intento de recorrer el universo en busca de algún planeta habitable para continuar su milenaria civilización en otro mundo.

jueves, marzo 06, 2008

Las Angustias de Orozco — Mininovela



"Cogito cogito ergo cogito sum (Pienso que pienso, luego pienso que existo)"
 Ambrose Bierce




   A Orozco lo conocí en un bar, hace unos 20 años. Estaba sentado en un rincón, su taburete inclinado contra la pared y una cara de querer decir algo.
   Anoche tuve una pesadilla —me dijo, sin siquiera presentarse. Soñé que despertaba, o desperté en realidad (lo cual sería terrible) y creí ver en un rincón oscuro una presencia, algo que estaba ahí y me amenazaba con su infinita maldad. Inmediatamente mi cuerpo se paralizó y sentía algo supremamente pesado sentado sobre mi pecho, clavándome contra el colchón. Un temblor intenso se apoderó de mí, como si tuviera un gato ronroneando adentro. Lo peor es que no podía mover la cabeza para evitar ver esa luminosidad entre las sombras, esa ausencia presente, ese agujero negro. Reuní todas mis fuerzas y desperté con un grito. El temblor interno cesó y pude moverme para prender el velador. Ahí en la esquina donde creí ver la presencia estaba colgada mi bata de baño.
   —Ese es un fenómeno conocido —respondí. Se llama narcolepsia o parálisis de sueño y está detrás de muchas leyendas sobre duendes, brujas, demonios y ahora último incluso extraterrestres. Hay un cuadro de Henry Fuseli llamado Nightmare (pesadilla) en el que muestra un duende sentado sobre el pecho de una durmiente.
   Desde esa noche Orozco me quiere mucho.

*

   Cuando Orozco se emborracha, le da por filosofar. Un día le escuché la siguiente devanación:
   El otro día caminaba tranquilo por la avenida y al pasar bajo una ceiba cayó sobre mi nariz tremenda plasta de guano. Ahora bien, hay que ver la coordinación que tal hecho representa, la fatal sincronización que hace que un cuerpo A (el guano) choque con un cuerpo B (la nariz) en un punto C (bajo el árbol) en un momento Z (2:34 p.m.). Postulo así, por tanto, mi teoría de la casualidad: Supongamos un volumen ocupado por un número x de partículas en movimiento. Deducimos por intuición que el número de choques posibles aumenta exponencialmente cuanto menor el volumen y mayor el valor de x, y disminuye en caso contrario. ¿Cierto? Además, las colisiones no son independientes del tiempo. Si yo me hubiera detenido unos instantes a amarrarme el zapato pocos metros antes de la ceiba, la plasta habría seguido su rumbo normal hasta el piso. Por tanto, es posible (y esto lo dejo como ejercicio a mis interlocutores) deducir una ecuación que nos permita evitar ser cagado por un pájaro.
   No quiero desilusionarte, Orozco respondí ante la estupefacción de los demás presentes pero tu teorema implica que uno puede pararse fuera de tu hipotético cubo y estudiar la velocidad y dirección de todas las partículas, lo cual es imposible a menos que seas Dios.
   En tal caso respondió Orozco retiro lo dicho. Y permaneció en silencio el resto de la noche.

*

   Otra noche lo encuentro en el bar y me dice dentro de diez, cien, mil años un asteroide enorme colisiona contra la Tierra y adiós Homo Sapiens y todas sus creaciones. ¿Te das cuenta? Toda la historia de la civilización se hace humo y ya nadie creerá o no en Cristo o Alá o la filosofía Zen. ¿Para qué habrán servido todas las convicciones y todas las guerras y todos los odios y todas las ambiciones? Si nadie queda para recordar la historia de la humanidad sería como si nada hubiera existido, como si todo no hubiera sido más que el sueño de un demiurgo que despierta sobresaltado y no recuerda siquiera haber soñado.
   Yo lo miro y le digo tranquilo Orozco que da igual si alguien recuerda o no porque la misma existencia es una ilusión, así que pasame esa botella antes de que se esfume.

*

   Un sábado por la mañana se levanta Orozco y me dice la ciencia habrá avanzado mucho pero los problemas más enigmáticos los deja de lado. Por ejemplo, ¿alguien sabe cómo hacen los pelos para encontrarse en el piso de un cuarto y enredarse tan meticulosamente con otros pelos y demás filamentos para formar pelusas? ¿Y cómo es que dichas pelusas encuentran siempre el trasfondo de los muebles y los rincones más oscuros debajo de las camas y los armarios?
   Diciendo y haciendo, mi buen amigo Orozco montó un laboratorio para el estudio de las pelusas. Puso una cámara apuntando al piso del cuarto y la dejó correr por una semana, luego usó técnicas cinemáticas de compresión del tiempo para ver la acción de las corrientes de aire sobre dichos filamentos, como en esas películas en las que se ve acelerado el nacimiento de los retoños y los hongos en un bosque después de la lluvia.
   Finalmente, sometió las muestras al microscopio y descubrió con horror que las pelusas son en realidad el hábitat preferido de ciertos ácaros de patas blindadas y espinas defensivas, que exploran ese minúsculo paisaje desértico en grupos de tres o cuatro, como pequeños robots de guerra en busca de su alimento preferido: pelos, caspa y demás residuos dermatológicos humanos.
   Hay cosas que es mejor no saber dijo Orozco, cariacontecido.

*


   Orozco, en los bares, siempre trataba de levantarse a las mujeres que no debía, metiéndose en líos indecibles. Una vez intentó iniciar conversación con una feminista radical, quien ante el primer avance de Orozco le lanzó la siguiente increpación:
   Los cerdos como usted sólo ven a las mujeres como un objeto sexual.
   Orozco, que por muy borracho que estuviera siempre trataba de ser honesto, le respondió lo siguiente:
   No voy a negar que al desearlas los hombres convertimos a las mujeres en objetos. Pero eso nos convierte automáticamente en sujetos. Es doble el filo del deseo, porque ustedes, como objetos, no son nada fáciles de manejar. ¡Y hay que ver los machucones que nos dan! 
   La feminista ni siquiera se dignó a responder.

*

   Un martes cualquiera Orozco tuvo un accidente automovilístico. Lo fui a visitar al hospital el viernes. Tenía el brazo derecho enyesado y moretones en todo el cuerpo. Al verme puso cara de gran angustia filosófica. “¿Vos te das cuenta que el martes pasado fue martes 13? ¿Te das cuenta? ¿Serán ciertas las supersticiones?”
   ¿Qué se le puede contestar a un amigo en tal trance? Me quedé mirándolo un largo rato, devanándome los sesos en busca de una frase para tranquilizarlo. “A veces,” dije finalmente. “Si no nadie creería en ellas.”

*

   Ya no recuerdo cuándo Orozco me relató la historia de su visita a un familiar lejano a quien se le había muerto una hermana en circunstancias misteriosas:
   Estábamos sentados en el patio, tratando de consolar a los pequeños huérfanos, cuando un periquito anaranjado y blanco llegó de quién sabe dónde y se posó en el hombro del hijo mayor. Pensé, lógicamente, que el periquito se había escapado de la casa de un vecino y me quedé de lo más tranquilo. Hasta que entró la muchacha de servicio con aguardiente y café y dijo, con increíble certidumbre: “Es el alma de la señora Ligia que viene a consolar a sus hijos.”
   De más está describir la cara que puso mi amigo Orozco cuando llegó a ese punto. Esta vez me quedé callado y permanecí en silencio hasta que me fui, veinte minutos después.

*

   La última de Orozco, mi hermano del alma, antes que muriera de la rotura de un aneurisma en la aorta, como alguno de los personajes de Borges.
   Fui a visitarlo al hospital unas semanas antes. Una fuerte neumonía lo había enviado a la sala de emergencias, casi asfixiándose. Los antibióticos lo salvaron, pero también la causaron un paro renal. Durante tres días se debatió entre la vida y la muerte. Por suerte, se recuperó, justo un día antes que lo fuera a visitar.
   —Tuve un sueño muy vívido, cuando estaba del otro lado —, me dijo. Estaba en un campo infinito donde un montón de gente se dedicaba a todo tipo de labores incongruentes, manejando aparatos sin sentido. Uno hacía girar engranajes que subían y bajaban unas poleas, pero no levantaban nada. Otro miraba por una especie de telescopio que apuntaba hacia atrás. De repente escuché una voz autoritaria dentro de mi cabeza. Me explicó que todos los que iban ahí recibían una tarea importante, y la mía era la de inventar palabras. De inmediato recibí una especie de herramienta, como un rompecabezas tridimensional, y me senté obedientemente a armar palabras con ella.
   Me quedaron grabadas en la memoria las manos huesudas de Orozco cuando explicaba esta parte, como manipulando un complicado dispositivo invisible.
      —Lo peor es que en el sueño comprendía perfectamente las palabras que inventaba. Las formas tenían un claro propósito y expresaban una profunda verdad. Pero ahora que trato de recordarlas, por más que lo intento no les encuentro el sentido.
   Espero que hayas resuelto ese problema, mi querido amigo Orozco.